Cuando todavía no se habían inventado los videojuegos y las personas tenían que usar su propio ingenio para divertirse, había un entretenimiento muy simple, pero no por ello aburrido. El juego consistía en proponer la búsqueda de algo y, seguidamente, ayudar al otro jugador dándole pistas: frío, frío, frío..., templado ..., caliente..., ¡que te quemas!, hasta que la cosa buscada aparecía. La tensión del suspense dependía en gran parte del valor de la recompensa y, según la edad o el sexo de los jugadores, la cosa buscada podía llegar a ser tan subida de tono como usted quiera imaginar.
Es curioso cómo utilizamos conceptos elementales para expresar conceptos complejos. En ese juego, el frío y el calor indican el grado de proximidad, pero en otros contextos la temperatura nos remite a significados mucho menos coherentes. Y, a veces, hasta contradictorios.
En ocasiones exageramos, y por eso cuando decimos 'estoy helado' o 'me estoy congelando' nadie piensa que nuestra temperatura haya bajado de cero grados, del mismo modo que cuando exclamamos '¡me estoy asando!' todos entienden que lo que tenemos es, simplemente, mucho calor. Sin embargo, cuando una situación es muy conflictiva decimos que está que arde, y cuando nos embarga la furia sentimos que estamos hirviendo de rabia. También podemos arder de deseo por conseguir algo, y los deseos más intensos son para nosotros deseos ardientes. O fervientes, que originalmente significaba... hirvientes.
¿En qué quedamos? ¿No acabábamos de decir que el hervor era sinónimo de rabia?
El hervor o fervor es también sinónimo de entrega devota a una causa o a un sentimiento. ¿Tendremos, pues, que suponer que Santa Teresa oraba con tanta dedicación porque estaba muy caliente? "Absolutamente no", nos dirán los lingüistas. "Se ha salido usted de contexto". (Ojo: el lector no debe entender aquí que, por el hecho de haberse salido de algún sitio, el interlocutor esté salido).
Volvamos, pues, al contexto, y aceptemos que uno arde sólo de deseo. Pero, entonces, ¿por qué decimos que alguien está quemado cuando está harto de fracasar y no cuando ha terminado de desear? Peor todavía: cuando uno está echando humo no es porque se acabe de quemar, sino porque está muy enfadado. Que es lo mismo que decir... hirviendo de rabia. Sin embargo, echar vapor es algo que sólo está permitido a las locomotoras, o a las planchas.
El fuego, las brasas y el ardor han estado siempre asociados a la pasión desmedida, del mismo modo que la frialdad significa universalmente distanciamiento o insensibilidad. De ahí que las actitudes gélidas y las miradas glaciales nos inspiren desasosiego. Pero, ¿y el término medio? Tiene su lógica que una persona o una actitud tibia denoten un carácter pusilánime o cierta falta de convencimiento, pero cuando hablamos de una persona templada no nos estamos refiriendo a eso, sino a alguien que controla perfectamente sus impulsos. Casi lo contrario de lo que uno se imaginaría.
Echar leña al fuego puede ser lo contrario que echar un jarro de agua fría, pero los psicólogos nos dirán que la frigidez en la mujer no se cura con mucha fogosidad, sino con paciencia y calidez. Es cuestión de grado. Ah, y añada usted una cierta dosis de temple, hasta que uno consiga encandilar a la cohibida.
No sigo. Creo que voy por mal camino. Si espero que los lectores deparen a este artículo una cálida acogida, no debo internarme en aguas demasiado tórridas. Eso sería... jugar con fuego.
Se le han olvidado a usted los que están cocidos por haber bebido mucho, y los que se han quedado fritos, y también todos aquellos que nos traen fritos, y aquello de que qué me dice usted: me deja usted helado. Etc.
Eso le pasa a usted por escribir a toda prisa robando tiempo a su jornada laboral.
Se le han olvidado a usted los que están cocidos por haber bebido mucho, y los que se han quedado fritos, y también todos aquellos que nos traen fritos, y aquello de que qué me dice usted: me deja usted helado. Etc.
ReplyDeleteEso le pasa a usted por escribir a toda prisa robando tiempo a su jornada laboral.