La relación de los españoles con la lengua inglesa (y, en general, con el aprendizaje de lenguas extranjeras) es proverbialmente frustrante. Vivimos en un mundo más abierto que nunca. Tenemos acceso a libros, emisoras de radio o televisión o sitios de Internet de cualquier lugar del planeta. Viajar está al alcance de casi cualquier bolsillo. ¿Por qué no consiguen aprender inglés los españoles? ¿Indolencia, pereza? No hay que descartarlo, pero tal vez el problema principal sea más profundo: la dificultad de adaptarse a una estructura mental radicalmente diferente. El inglés es un lenguaje pragmático, lógico y estructurado. El español, en cambio, tiende irresistiblemente al localismo, a la anécdota, a la metáfora: es una lengua fuertemente contextual, en la que el guiño y el significado 'para entendernos' termina siempre predominando sobre el semántico o el morfológico. Cada nueva palabra o acepción que aparece se consolida al instante con un significado contextual, y se pierde irremisiblemente para la morfología o la semántica. Veamos algunos ejemplos.
‘Quite’, el sustantivo más natural de quitar, se ha quedado atrapado en la jerga taurina. Lo mismo cabe decir de ‘cogida’. Pero hay muchos más casos. No podemos usar ‘enredar’ como ‘organizar en red’. Una ‘ocurrencia’ es una ‘gracia’, y no algo que ocurre. ‘Operar’ está casi únicamente reservado a los médicos, y ‘reclutar’, a los militares. Los directivos de una empresa celebran una reunión pero ¿es eso acaso una celebración? Es posible contraer compromisos o matrimonio, pero ¿podemos hablar también de ‘contracción’ de compromisos, o de matrimonio? Conviene estar
a salvo de los peligros, pero ¿es eso una
salvedad?
A falta de otra palabra, se dice que un periodista o un juez ‘filtra’ una información, cuando lo que hace es exactamente lo contrario: no la restringe, sino que la divulga. Se usa sistemáticamente ‘motivo’ por ‘razón’, ‘escuchar’ por ‘oír’, ‘mentira’ por ‘falsedad’, ‘culpa’ por ‘causa’, ‘pelo’ por ‘cabello’, ‘medida’ por ‘medición’, ‘provocar’ por ‘ocasionar’, ‘cristal’ por ‘vidrio’, ‘amenazar con’ por ‘amenazar’, ‘cumplir con’ por ‘cumplir’, ‘solvente’ por ‘fiable’, ‘avalar’ por ‘respaldar, ‘competencia’ por ‘compitencia’, ‘enseñar’ por ‘mostrar’, saldo por 'crédito', 'cobertura' por 'señal', 'salario' por 'sueldo', 'brindar' por 'ofrecer', 'cigarro' por 'cigarrillo', ‘elegir’ por ‘escoger’, ‘garantizar’ por ‘asegurar’, ‘suculento’ por ‘sabroso’. ¿Quién da más?
En otros casos, la estructura conceptual se queda tullida: no es posible articular la morfología de manera coherente, porque una o varias formas se han quedado ancladas en un significado local: usamos ‘reportero’ y ‘reportaje’, pero no ‘reportar’ ni ‘reporte’ (en España). Decimos ‘indeleble’, pero no ‘deleble’ o ‘deleer’. Escribimos ‘remanente’, pero no ‘remanir’. Pueden ‘correr’ el tiempo o el contador de la luz, pero no un programa informático.
Hablamos de ‘ocupación’ cuando queremos decir ‘ocupancia’. Usamos ‘conformidad’ por ‘conformancia’, y ‘aceptación’ por ‘aceptancia’. Los jueces hablan de ‘archivo’, y no de ‘archivamiento’. Se tiende a decir ‘lactancia’ antes que ‘lactación’, ‘incertidumbre’ en lugar de ‘incerteza’, ‘petrolífero’ por ‘petrolero’, ‘significativo’ por ‘significante’, y ‘operativo’ por ‘operacional’.
Una carencia hoy en día imperdonable es la de una palabra específica para el tiempo (atmosférico). Cuando nos referimos a la sociedad decimos ‘social’, y no ‘sociológico’. ¿Por qué cuando nos referimos al tiempo (atmosférico) tenemos que decir ‘meteorológico’ (o, peor aún, ‘climatológico’)? Curiosamente, la solución la tenemos en el DRAE, que recoge la palabra ‘temperie’ con el significado de "estado de la atmósfera, según los diversos grados de calor o frío, sequedad o humedad". Pero que nadie cante victoria: ‘intemperie’ no es la negación de ‘temperie’, sino la "desigualdad del tiempo".
El español (y sus hablantes) gravitan empecinadamente hacia el contexto. En los últimos años hemos podido asistir a algunos procesos de ese tipo. Hace algunos años, para referirse a las distintas capitales de España, los meteorólogos de la televisión empezaron a hablar de ‘las temperaturas’. En pocos años, el plural ha sustituido al singular en todos los casos, y yo ya he oído decir que ‘esta mañana [en Madrid] han subido mucho las temperaturas’. El ‘listado’, que es el resultado de imprimir una lista, se ha generalizado tanto que es ya sinónimo de ‘lista’. Y sobreviven palabras o significados fosilizados, inseparablemente unidos a otros: gaje (del oficio), compás (de espera), carta (de naturaleza).
Infinidad de palabras en español carecen de verbo (remanente) o de sustantivo (acaecer, fumar, certero). Hay a este respecto un caso particularmente interesante: dado que ‘sueño’ es sustantivo tanto de ‘soñar’ como de ‘dormir’, el traductor de Freud al español tuvo que traducir ‘Schlaf’ por ‘reposo’. En meteorología se usa, por ejemplo, actividad ciclónica, nubosa, tormentosa o eólica, pero nunca maréica, ólica, auroral, tiémpica, medianocturna, ráyica o truenosa. Y ‘rociero’ es el único adjetivo conocido de ‘rocío’.
Para que nadie me acuse de ver la viga en el ojo propio, me he molestado en hacer algunas comparaciones. En cierta ocasión, necesitaba encontar un equivalente del inglés 'tagline’. Al no encontrar una equivalencia exacta, acudí a un tesauro de español y busqué sinónimos de 'estribillo'. Encontré dos tipos de sinónimos.
No contextuales:
repetición, sucesión, monotonía, redundancia, reiteración, insistencia
Contextuales:
muletilla, monserga, retahíla, pertinacia, tabarra, lata, cantilena, letanía, salmodia, copla, sarta, disco, tanquillo, pesadez, terquedad, porfía, obstinación, matraca
En inglés, en cambio, el Roget’s Thesaurus contenía los siguientes términos.
No contextuales:
encore, playback, replay, chorus, refrain, tedium, motto, watchword, slogan, catchword, catch phrase, formula, mantra, formulary, jingle, plug, trailer, gnome, saw, byword, dictum, tag, saying, pithy saying, stock saying, common saying, received saying, true saying, mot, witticism, truism, platitude, hackneyed saying, trite remark, bromide, canon, sutra, gloss, narrative, phylactery, formulary, folklore, banner headline, streamer, screamer, spread, psychological warfare, propaganda, battle cry, run, buildup, hype
Contextuales:
puff, blurb, ballyhoo, teaser, hardy annual, chestnut, parrot-cry, busman's holiday
Obsérvese, de paso, que en inglés la proporción de términos tomados de otras lenguas es enorme. Es una lengua pragmática, sin prejuicios xenófobos. En el español del siglo XXI faltan palabras y variantes morfológicas para infinidad de conceptos, pero los hablantes se empeñan tenazmente en sustituirlas por otras localizadas, contextuales y, en no pocos casos, folklóricas. En cualquier caso, inexportables. Probablemente, la oposición a los neologismos no es tanto una manifestación de purismo sino, simplemente, un pretexto para seguir hablando el lenguaje de la tribu. ¿Es de extrañar ahora que a los españoles les cueste tanto aprender idiomas?
Si no se permite articular la morfología y no se respeta la regla de oro de la semántica (“un concepto, una palabra”) será imposible construir una lengua coherente y eficaz. Y, por consiguiente, será muy difícil adquirir una estructura mental que, por encima de guiños, localismos y familiaridades, nos permita ejercer nuestro raciocinio con la potencia necesaria para afrontar este nuevo siglo XXI. Que ha comenzado siendo –nada menos- el siglo de la tecnología de la información.