Saturday, December 24, 2011

Tabúes morfológicos

He encontrado entre mis notas esta enumeración de lagunas léxicas, que en realidad son lagunas morfológicas. En términos llanos: hay palabras que nadie se atreve a usar porque "suenan mal", e institinvamente  las sustituyen por otras. Es un círculo vicioso. Suenan mal porque nadie las utiliza, y nadie las utiliza porque suenan mal. Y, sin embargo, su construcción es perfectamente lógica. Lo peor de todo es que las palabras que usamos como sucedáneo sólo son sinónimos en el contexto de lo que estamos diciendo. Si ampliamos lo suficiente el contexto, la sinonimia se rompe. Algunos ejemplos:

Si Pedro es decente, podemos alabar su decencia, pero si padece no nos atreveremos a lamentar su padecencia. Generalmente preferiremos hablar de 'sufrimiento'.

Cuando un asunto nos incumbe, decimos que es de nuestra incumbencia, pero cuando nos concierne no diremos que es de nuestra concerniencia. Preferiremos esquivar el bulto y decir que es de nuestra incumbencia. Existe también el sinónimo atañer, pero rara vez alguien se atreverá a decir 'atañencia'. Que yo sepa, Unamuno usó por lo menos una vez el adjetivo 'atañente'.

El que tiene cierta cosa sólo está autorizado a ser tenedor en un contexto financiero o de seguros. En lenguaje corriente decimos 'poseedor'.

El que mata es matador (aunque sólo de toros; los demás son asesinos). El que mete, en cambio, no es metedor, sino introductor.

Cometer y perpetrar son posiblemente sinónimos pero, mientras el que perpetra es perpetrador, el que comete no es cometedor, sino perpetrador también.

La acción y el hábito de fumar no tienen sustantivo. Según el DRAE, una fumada no es un acto de fumar, sino una "porción de humo que se toma de una vez fumando un cigarro" (¡también la RAE confunde cigarro con cigarrillo!). Podemos paliar la carencia de ese sustantivo con la palabra 'tabaquismo', pero sólo cuando el contexto lo permita, ya que el tabaquismo es, estrictamente hablando, una adicción, y el término hace referencia al tabaco, no a la inhalación de su humo. El hablante sin prejuicios puristas, sin embargo, necesita la palabra y no se amilana. En un restaurante de Costa Rica leí una vez "No se permite el fumado". 

De 'heder' se deriva 'hedor', pero en lugar de decir hediente preferimos decir maloliente.
El que ama a Filomena es su amante. Pero el que quiere a Filomena no es su queriente, sino... también su amante. Merece la pena comentar, de paso, que el español es la única lengua que conozco en que el verbo amar es sustituido casi siempre por querer. Que no es ni precisamente lo mismo. Materia para psicoanalistas.

Y, para terminar, hay un problema de coexistencia entre competir y competer. Los dos comparten el sustantivo 'competencia', lo cual a veces puede ser causa de confusión. Es cierto que interferir genera interferencia, pero el sustantivo de maldecir es maledicencia, y el de convenir, conveniencia (contradiciéndose con el sustantivo de avenir, que es avenencia). ¿No podríamos, pues, para evitar confusiones, adoptar la variante 'compitencia'?


Sunday, December 11, 2011

Abstract

Languages exist because they convey information. Finding out how they do it by means of a qualitative, rather than quantitative, approach to information throws an unexpected light on the mechanisms underlying syntax and semantics. An information process can be defined as a series of choices, which in turn imply a number of categories to choose from. An investigation of such categories and their combinations as a means for disambiguation leads to a number of objects and operations that can be seen as the basic elements of syntax and predication. Furthemore, natural language categories can be seen to involve underlying structures that can also be formally characterized in terms of their denotation potential. From the standpoint of adjacency, such structures exhibit quasi-topological properties, which are rather convenient for the compression of information as well as for accommodating new information items.

Actually, this is what should be expected. The ultimate input for language and thought are sensory perceptions of a very different nature. Therefore, it should be possible to refer them to some common format so that they can be integrated into a one-dimensional output such as language. The common format proposed here consists of a number of denotational configurations which, by their geometric nature, are irreducible, and would seem ideal as semantic primitives. With an absolute referent for meaning and a symbol formalism for syntax, linguists’ hypotheses could eventually be tested, and linguistics could hopefully become a real science.

Natural language categories and their associated semantic structures seem to provide a good means to unify syntax and semantics, at the same time combining the structured categories in clusters of semantic representations. To illustrate the implications of the model, this paper includes a discussion on the semantics of indefinites and a few hints at its broader implications in natural language and set theory.

Conclusion

Syntax and semantics can be seen as the result of a cognitive brain coping with a morass of perceptions through mechanisms of its own, capable of extracting and conveying information from such perceptions. The physical mechanisms actually involved are a cognitive scientist’s task, but information and geometry, rather than human brains interpreted by human brains, are an objective reality upon which, as this paper claims, a model can be based to describe the way human brains generate and decode language. Even if the glyph model were ultimately proven to lack consistency and/or comprehensiveness, neither geometry nor information can be abolished from reality, and the path their study opens seems to be worth exploring anyway.

Saturday, November 12, 2011

La parte contratante de la primera parte contratante

Leo en el sitio web de La Moncloa una declaración del todavía presidente Zapatero: "España genera la confianza suficiente como para poder afirmar que vamos a cumplir las previsiones". Pronunciada con voz hueca y aires de solemnidad, la frase suena muy bien, pero ¿no podría el Sr. Zapatero habernos ahorrado somnolencia abreviándola un poco?

Cuando alguien dice que el Sr. Zapatero ha sido tan insensato como para llevar España a la ruina, lo que quiere decir es que la insensatez del Sr. Zapatero ha sido suficiente para arruinar España. El 'como' sobra, y el 'la' también. España generará o no suficiente confianza para lo que sea, igual que yo tengo suficiente dinero para irme al cine, antes que "el dinero suficiente como para irme al cine".

Por otra parte, no es necesario tener confianza para poder afirmar nada. Cualquiera que no sea mudo puede afirmar lo que quiera, igual que puede bailar, contar chistes o subir al Everest. Otra cosa es que se atreva a hacerlo. La confianza es necesaria para afirmar, no para poder afirmar. 

El 'como' tiene también otros usos dudosos. Yo considero a mis lectores inteligentes, no como inteligentes, y en lugar de decir que 'el león está considerado como el rey de la selva' tal vez podríamos conformarnos con 'el león está considerado rey de la selva', ya que estamos hablando en sentido figurado, y el verdadero rey de la selva, si tal persona existiera, podría sentirse ofendido y complicarnos la vida.

A veces, hablar en sentido figurado tiene su encanto. Cuando decimos que Fulanito se ha bajado una 'copia pirata', no queremos decir que la copia navega, dispuesta a todo, en un barco de bandera negra, sino que Fulanito no ha pagado al autor del original. El pirata, en todo caso, será Fulanito, y lo que Fulanito se baja serán, en todo caso, 'copias pirata', sin 's'. 

Algo parecido ha sucedido con las cajas de ahorros. Cuando recibieron tal nombre, el ahorro era una virtud, y los ahorros eran la cantidad acumulada. Después, gracias a las hipotecas y a las tarjetas de crédito, la distinción se fue desdibujando, y nacieron las 'cuentas de ahorro'. Arrastradas por éstas, las cajas de ahorros se quedaron sin plural, y se convirtieron en 'cajas de ahorro'.

Abandonado al pintoresquismo de las frases hechas como sustituto del sentido común, el cutis de la lengua española se está llenando de granos innecesarios. El más conspicuo de todos es quizá el 'dequeísmo' que se extá extendiendo como fuego de pólvora desde hace unos años. Creo que todos saben a lo que me refiero (¿creo de que todos saben a lo que me refiero?)

Otra curiosidad de la preposición 'de' es su uso con las magnitudes. Si yo viajo a 90 km/h, esto querrá decir que la velocidad de mi vehículo es 90 km/h, y no de 90 km/h, del mismo modo que el nombre de mi primo no es 'de Pepe', sino 'Pepe'. 

El exceso está llegando a la fonética y, pese a la propensión simplificadora que hasta ahora imperaba y que convertía, por ejemplo, a McDonalds en Madónal, la ciudad francesa de Cannes (foneticamente, 'Can') se lleva una 's' de propina y se convierte en 'Cans'. Es cierto que los locutores no tienen por qué saber francés, pero ¿no podrían informarse antes de hablar? Si un periodista no tiene interés por informarse a sí mismo, ¿cómo podemos confiar en que nos está informando a nosotros? 

Tal vez el error fue llamar a su licenciatura "Ciencias de la Información", nombre que no sólo describe exactamente lo contrario de la realidad, sino que interfiere con las llamadas 'tecnologías de la información', que se interesan más por el mensaje que por el mensajero. Gracias a los franceses, tenemos la palabra 'informática', construida a semejanza de 'gramática', 'botánica' o 'matemática' (el plural 'matemáticas' es seguramente una mala traducción del inglés). Podrían haberla llamado 'informatología', a semejanza de 'geología' o 'arqueología', pero tal vez quedaba demasiado largo. 

El problema real es que en español hay muchos sustantivos que no tienen suficientes adjetivos. Hablamos de física cuántica cuando queremos decir 'física de cuantos', del mismo modo que nos referimos en física a la 'teoría de campos', o en matemática a la 'teoría de grupos', y hemos acuñado el adjetivo 'gravitacional' para referirnos a la gravitación, pero no parece fácil encontrar un adjetivo para la 'relatividad', cuya teoría, por coherencia, debería llamarse más bien 'teoría de relatividad'. Por esa misma coherencia, sería también más lógico hablar de  'tecnología de información', sin artículo.

En español, el artículo innecesario es un adorno omnipresente, residuo de una época en que los conceptos abstractos que necesitaba una persona eran habas contadas. Peor todavía: su uso es incoherente. Decimos que tenemos anginas, pero contraemos la gripe. Pero el artículo no es la única partícula espuria que utilizamos. Para un extranjero, será difícil comprender que, cuando decimos que no nos echaremos la siesta hasta que no hayamos comido, lo que en realidad queremos decir es lo contrario: hasta que haya comido, no me echaré la siesta. Esta contradicción formal se debe a una interferencia con "mientras no haya comido, no me echaré la siesta". Una vez más, la lógica semántica es avasallada por las frases hechas.

Y ahora, por último, vamos a la perla de la corona, que ha sido en realidad el desencadenante de este texto. Se oyen demasiado a menudo expresiones del tipo "la sentencia por parte del juez", o "la decisión por parte del ministro". Una búsqueda rápida en Google me proporciona la siguiente curiosidad: "la compra por parte de Google". No sé qué necesidad hay de referirse al agente de un verbo metiendo a la parte en esto. ¿Es que no basta acaso con "la decisión del ministro" o "la compra por Google"? A este paso, terminaremos diciendo "el cuadro por parte de Rembrandt" o "la silla por parte del carpintero".

Todo lo cual explica el título de este artículo, que es el comienzo de unas famosas líneas de Groucho Marx en "Una noche en la ópera":

"La parte contratante de la primera parte contratante será considerada como la parte contratante de la primera parte contratante [Arranca un trozo del contrato]. La parte contratante de la segunda parte contratante será considerada como la parte contratante de la segunda parte contratante [Arranca un segundo trozo]. La parte contratante de la tercera parte contratante..."

Hablar sin pensar. Hojarasca. Bla, bla, bla. 

Tuesday, October 25, 2011

Frío, caliente

Cuando todavía no se habían inventado los videojuegos y las personas tenían que usar su propio ingenio para divertirse, había un entretenimiento muy simple, pero no por ello aburrido. El juego consistía en proponer la búsqueda de algo y, seguidamente, ayudar al otro jugador dándole pistas: frío, frío, frío..., templado ..., caliente..., ¡que te quemas!, hasta que la cosa buscada aparecía. La tensión del suspense dependía en gran parte del valor de la recompensa y, según la edad o el sexo de los jugadores, la cosa buscada podía llegar a ser tan subida de tono como usted quiera imaginar.

Es curioso cómo utilizamos conceptos elementales para expresar conceptos complejos. En ese juego, el frío y el calor indican el grado de proximidad, pero en otros contextos la temperatura nos remite a significados mucho menos coherentes. Y, a veces, hasta contradictorios. 

En ocasiones exageramos, y por eso cuando decimos 'estoy helado' o 'me estoy congelando' nadie piensa que nuestra temperatura haya bajado de cero grados, del mismo modo que cuando exclamamos '¡me estoy asando!' todos entienden que lo que tenemos es, simplemente, mucho calor. Sin embargo, cuando una situación es muy conflictiva decimos que está que arde, y cuando nos embarga la furia sentimos que estamos hirviendo de rabia. También podemos arder de deseo por conseguir algo, y los deseos más intensos son para nosotros deseos ardientes. O fervientes, que originalmente significaba... hirvientes.

¿En qué quedamos? ¿No acabábamos de decir que el hervor era sinónimo de rabia?

El hervor o fervor es también sinónimo de entrega devota a una causa o a un sentimiento. ¿Tendremos, pues, que suponer que Santa Teresa oraba con tanta dedicación porque estaba muy caliente? "Absolutamente no", nos dirán los lingüistas. "Se ha salido usted de contexto". (Ojo: el lector no debe entender aquí que, por el hecho de haberse salido de algún sitio, el interlocutor esté salido). 

Volvamos, pues, al contexto, y aceptemos que uno arde sólo de deseo. Pero, entonces, ¿por qué decimos que alguien está quemado cuando está harto de fracasar y no cuando ha terminado de desear?  Peor todavía: cuando uno está echando humo no es porque se acabe de quemar, sino porque está muy enfadado. Que es lo mismo que decir... hirviendo de rabia. Sin embargo, echar vapor es algo que sólo está permitido a las locomotoras, o a las planchas.

El fuego, las brasas y el ardor han estado siempre asociados a la pasión desmedida, del mismo modo que la frialdad significa universalmente distanciamiento o insensibilidad. De ahí que las actitudes gélidas y las miradas glaciales nos inspiren desasosiego. Pero, ¿y el término medio? Tiene su lógica que una persona o una actitud tibia denoten un carácter pusilánime o cierta falta de convencimiento, pero cuando hablamos de una persona templada no nos estamos refiriendo a eso, sino a alguien que controla perfectamente sus impulsos. Casi lo contrario de lo que uno se imaginaría. 

Echar leña al fuego puede ser lo contrario que echar un jarro de agua fría, pero los psicólogos nos dirán que la frigidez en la mujer no se cura con mucha fogosidad, sino con paciencia y calidez. Es cuestión de grado. Ah, y añada usted una cierta dosis de temple, hasta que uno consiga encandilar a la cohibida. 

No sigo. Creo que voy por mal camino. Si espero que los lectores deparen a este artículo una cálida acogida, no debo internarme en aguas demasiado tórridas. Eso sería... jugar con fuego

Sunday, June 26, 2011

Curiosidades telefónicas

Los mensajes comprimidos con k no son la única curiosidad lingüística de la telefonía móvil. Cuando uno camina por una carretera llena de baches (estando socialmente mal visto repararlos), no tiene más remedio que sortearlos como puede. He aquí tres casos que me parecen interesantes.

El saldo
Que yo sepa, el saldo de una cuenta es la cantidad que se obtiene restando el debe del haber. O el débito del crédito. Cuando alguien recarga la tarjeta de un teléfono móvil, el crédito de su cuenta aumenta. La felicidad, sin embargo, rara vez es eterna y, cuando el crédito desciende por debajo de cierto valor mínimo, alguien (generalmente un padre o una madre) se encuentra obligado a recargar la tarjeta para que el dueño del teléfono pueda seguir hablando. Para describir tan infaustas situaciones se ha generalizado la expresión "no tengo saldo". Naturalmente, todo el mundo entiende lo que eso quiere decir, porque para un usuario de telefonía móvil el contexto que evoca la palabra saldo se limita a unos cuantos conceptos (cortarse la llamada, hacer una perdida, llámame tú, recargar, coste, puntos) y en tales circunstancias es difícil errar pero, en realidad, lo que a uno se le termina es el crédito. El saldo sólo deja de existir cuando a uno le cancelan la cuenta y, en consecuencia, no hay ya anotaciones que sumar o restar. En una cuenta telefónica el saldo sólo puede ser o suficiente o insuficiente, pero esa circunstancia no altera en nada su significado. De hecho, en una cuenta bancaria los saldos pueden ser también negativos.

Esta aclaración puede parecer un exceso de celo, pero me sirve para demostrar lo que yo denomino 'contextualidad del español'. Al utilizar 'saldo' en lugar de 'crédito', el significado absoluto de la palabra queda ligado al contexto, y la estructura de conceptos del hablante se fragmenta en islotes costumbristas y pierde coherencia. En otras palabras: se contextualiza. Este mismo fenómeno se refleja en los usos que describo a continuación.

La cobertura
"Me voy a quedar sin cobertura", oímos decir al otro lado del teléfono cuando alguien está a punto de entrar en un túnel o, simplemente, quiere deshacerse de nosotros. La variante más habitual de esta expresión es "no tengo cobertura", y se usa también a menudo cuando la voz del interlocutor se oye lejana o entrecortada. La cobertura es, no la extensión territorial de un servicio, como afirma el DRAE, sino su alcance territorial. (Los servicios están más o menos extendidos en función de su población de usuarios; en todo caso, el DRAE querrá decir la extensión abarcada por un servicio). Cuando tenemos que salir de un bar a la calle para poder oír lo que dice Lolita, lo que en realidad está sucediendo es que no tenemos señal, o que la señal es débil. A menos que el bar se encuentre en una isla perdida de la Polinesia donde, efectivamente, no haya cobertura por falta de repetidores. Personalmente, si yo me encontrara alguna vez en tan afortunada situación, no creo que necesitara el teléfono móvil para llamar a nadie.

La portabilidad
La primera vez que me ofrecieron darme "la portabilidad" tuve que preguntar varias veces de qué me estaban hablando. Resulta que de las variantes morfológicas del verbo 'portar' (si exceptuamos 'porteador', que no parece estar muy relacionada con la telefonía móvil), sólo una es un sustantivo. ¿Adivinan ustedes cuál? Exacto. El verbo 'transportar' tiene 'transporte', pero el sustantivo de 'portar' es... 'porte'. De manera que si queremos referirnos a la acción y efecto de portar y, por razones estéticas o sociales, nos resistimos a decir 'porte' o 'portación', no tendremos más remedio que usar la única variante que nos queda. Así que ya lo sabe usted: cuando quiera pasarse a otra compañía conservando su número de teléfono, pida que le den la "portabilidad". Aunque su compañía telefónica no tenga porteadores.

Tuesday, March 08, 2011

El contexto ganador


Ya me he referido en otras ocasiones a lo que yo llamo "contextualidad" del español, a veces con insistencia un poco machacona. Pero es que la tendencia de la semántica a gravitar en torno a un contexto es una traba terrible para el hablante que quiere expresarse con precisión. Por si acaso no he explicado bien lo que quiero decir con 'contextualidad', expondré a continuación algunos ejemplos.

Primero, el antiejemplo. Es decir, el que debería ser nuestro modelo a seguir. Por alguna razón que se me escapa, el área semántica en torno a la idea de 'reaccionar' tiene una diversidad morfológica envidiable. Nada menos que cinco formas morfológicas, todas ellas con significados diferentes: reacción, reactivo, reactor, reactancia, e incluso reaccionario. No todos los conceptos en español pueden permitirse ese lujo. Mucho más frecuentemente de lo que pensamos, las áreas semánticas están dominadas por un solo protagonista, en torno al cual giran todas las demás variantes morfológicas.

Un ejemplo claro es el verbo 'reclutar'  (del latín recrescĕre, aumentar). En francés, en italiano e incluso en inglés es posible reclutar personal para una empresa, o científicos para una misión, pero en español sólo es posible reclutar... reclutas. La figura (y tal vez también la vida cuartelera) del recluta ha creado un contexto tan vinculado al Ejército que ha terminado acaparando el significado de su propio verbo, hasta el punto de que no es ya el recluta el objeto de la operación neutra de reclutamiento, sino que el verbo reclutar ha quedado firmemente anclado al área semántica del recluta y, por consiguiente, a la terminología militar.

En el ámbito médico ha sucedido también algo parecido. Aunque 'operación' y 'operario' son términos utilizados en cualquier tipo de contexto, el verbo 'operar' ha quedado tenazmente vinculado a los quirófanos, y a muchos hablantes se les hace raro oír el verbo 'operar' asociado a un equipo, un servicio, una empresa o un aparato.

Cuando la telefonía analógica dio paso a la digital, era imprescindible una palabra que describiera los "latidos" de la señal telefónica, que transmiten los bits de información. Sensatamente, los ingenieros anglosajones recurrieron a la palabra 'pulse', el 'pulso' que nuestros médicos detectan en nuestras muñecas. Sin embargo, la figura del médico tomándonos el pulso era un contexto demasiado poderoso para asociarlo a una señal telefónica, y se optó por la traducción 'impulso'. Que es inacertada, porque el impulso es un concepto dinámico, que implica algo más que información (el impulso nervioso actúa 'excitando' las neuronas adyacentes).

Durante siglos, la tauromaquia en España ha sido mucho más popular que la ciencia o la filosofía (no es que ahora la ciencia sea más importante, sino que los toros han sido sustituidos por el football). Esa presencia en la vida cotidiana debió ser en algún momento tan tremenda que el lenguaje taurino se apropió de los sustantivos de dos verbos tan imprescindibles como 'coger' o 'quitar': la 'cogida' y el 'quite'. Por no hablar del curioso desplazamiento semántico del verbo 'coger' en Argentina y Uruguay. En otro orden de cosas, los meteorólogos no pueden usar adjetivo alguno de 'rocío', porque los romeros de Huelva se han apoderado de él. Los 'rocieros' llegaron antes al diccionario.

Otros casos divertidos son los que impiden utilizar un significado lógico por interferencia de otro 'para andar por casa'. Así, el alegre 'esparcimiento' ha secuestrado el sustantivo de 'esparcir', un 'miramiento' es algo bastante más complejo que mirar, una 'ocurrencia' es sólo una idea imprevista que a uno se le ha ocurrido, e 'informal' es alguien que no guarda las formas... sociales. Naturalmente, la influencia de la Iglesia Católica tampoco podía faltar, y la 'anunciación' ha quedado como patrimonio exclusivo del Arcángel San Gabriel.

Podría seguir hasta agotar prácticamente el diccionario, pero añadiré sólo un último ejemplo curioso. En geografía, hablamos con naturalidad de la costa atlántica o de la comida mediterránea, pero ¿alguien se atreve a referirse a la América pacífica? Tal vez si mantuviéramos la mayúscula inicial de 'Pacífico' podríamos hacerlo, como hacen en inglés. Pero no lo propondré, porque ya sé que me tacharán de transgresor.

Aunque no de ilógico.

Monday, January 17, 2011

De juezas y miembras


En los últimos veinte años, cada uno a su manera, el sexo y el género han invadido las sociedades occidentales. Entendámonos. Por 'sexo' quiero decir todo lo relacionado con el deseo sexual, y por 'género', esa elegante manera de sentenciar a los varones antes de habernos juzgado. En mi Documento Nacional de Identidad figura todavía, como reliquia de un pasado inocente, la palabra "Sexo" (curiosamente, acabo de descubrir que para el Ministerio del Interior soy hermafrodita), cuyo significado es hoy ya tan distinto que, en lugar de especificar si Varón o Mujer, parecería más procedente indicar si Sí o si No.

El 'sexo' no diferencia ya a las personas en función de sus atributos reproductores. Ahora esa palabra designa al mismo tiempo los órganos sexuales, su disfrute y todo lo que pudiera imaginablemente conducir a tal fin... excepto, claro, en las películas españolas, en que se trata simplemente de exigencias del guión.

Como cabría esperar de una palabra tan cargada de significados perturbadores, la situación es confusa. Aunque el sexo moderno es algo que todos llevamos puesto, "tener sexo" significa en realidad tener relaciones sexuales, de modo que uno puede tener mejor o peor sexo con idependencia de la calidad, habilidad o tamaño del sexo que uno tenga. Por influencia del inglés, la palabra "sexo" está relegando incluso a otra que empieza a estar ya anticuada: sexualidad. Y que tampoco parecía, por cierto, muy acertada. Si la cordialidad es la cualidad que diferencia a los cordiales de los antipáticos, la sexualidad debería ser más bien lo que nos diferencia a todos de las amebas, sin necesidad de más detalles.

Gracias a esa transformación, el sexo permite ahora seguir diferenciando a los conejos de las conejas, pero no a los maridos de las mujeres, y no digamos ya a los jefes de las empleadas. Lo cual había que evitar a toda costa, porque un nuevo concepto empezaba a abrirse paso en la sociedad (es decir, en los medios de comunicación que la adoctrinan): el abuso de las mujeres a manos de los hombres. Dejando aparte la nebulosidad de que las razones de un delito lo hagan más o menos condenable (¿un terrorista político puede ser menos culpable que un asesino pasional?), el nuevo concepto hacía necesaria una nueva palabra.

En inglés fue fácil. Al igual que en los seres humanos, en inglés hay palabras masculinas y femeninas, y la diferencia entre ellas se denomina 'gender' ('género'). El nuevo problema se resolvió, pues, ampliando el significado de 'gender' para reemplazar al ya anticuado 'sexo'. En español, en cambio, los problemas no habían hecho más que comenzar. Para empezar, en inglés tienen palabras suficientes para distinguir entre 'gender' (género gramatical), 'genus' (género taxonómico), 'genre' (género literario), e incluso 'stuff' (género textil). En español, no. Y, para agravar las cosas, el verbo 'sexualizar' tendría que haberse convertido, por coherencia, en 'generalizar'. Pero es que el español es, además, una lengua 'sexuada' (¿'generada'?), con escasez de sustantivos neutros, y la incorporación de las mujeres a ámbitos hasta hace poco masculinos obligaba inevitablemente a tomar decisiones. No siempre a gusto de todos.

Hace sólo unos meses, una ministra española se refirió -tal vez con ánimo de provocar- a las 'miembras' de no sé qué comisión. Como era de esperar, la palabra provocó un revuelo. La 'sexualización' de los sustantivos, que hasta hace poco era espontánea, viene dictada en los últimos tiempos por ideologías políticas. Espontáneas fueron asistenta y gobernanta, pero quizá un poco menos modisto y, años después, jueza. Considerando el grado, a veces cómico, de ideologización del actual Gobierno, no es aventurado suponer que el femenino miembra responde a motivos enteramente doctrinarios. Sin embargo, para quienes consideramos el lenguaje como una caja de herramientas lo importante no es eso, sino averiguar si las nuevas herramientas son o no coherentes con las ya existentes.

Así, siendo ya femeninas 'nuez', 'preñez' o 'Aranjuez' (que es una ciudad), no parecería necesario añadir la 'a' de 'jueza', y con decir 'la juez' debería bastar. Otros femeninos, como 'ingeniera' o 'arquitecta', concuerdan bien con 'molinera' o 'predilecta', pero también es cierto que ningún maquinista se rasga las vestiduras porque el nombre de su oficio termine en 'a'. Algo parecido sucede con los miembros. La pierna es tan miembro como el brazo, y a nadie se le ocurriría decir que le duele la miembra inferior (¿inferiora?) izquierda. Doña Clotilde puede ser perfectamente miembro de una comisión, del mismo modo que Don Salustiano, sin dejar de ser una persona, puede ser una joya para su empresa.

El hábito no hace al monje. Al igual que los eufemismos no terminan nunca de enmascarar el significado que tratan de ocultar (piénsese, por ejemplo, en la inacabable progresión desde las 'cámaras' del Siglo de Oro hasta el más reciente 'baño' o 'aseo', pasando por el 'escusado' de mi abuelo, el 'retrete' de mis padres y el 'wáter' de mi generación), las ideologías, permanentemente enfrentadas a la realidad del mundo real, terminan también tarde o temprando pasando de moda, envejeciendo y... sí, muriendo.

Referirse a los ciudadanos llamándonos 'ciudadanos y ciudadanas' es, además de fatigoso, innecesario. Y, lo peor de todo, la neurosis morfológica que genera en el hablante (sobre todo si el contenido del discurso es tan vacío como el de un político) puede terminar arrastrándonos al extremo opuesto del newspeak. Es decir, a un mundo de votantes y votantas, miembras y miembros... e, inevitablemente, botaratas y botaratos que, de cualquier forma -y esto es lo realmente importante- seguirán sin haber leído un libro en toda su vida.

Aunque, por supuesto, mientras los varones seamos portadores del nuevo pecado original de serlo, los panoramas y los sofismas seguirán sin poder someterse a la operación de cambio de... ejém, género que los convierta en su verdadera vocación: panoramos y sofismos. 

Friday, December 31, 2010

Haber, existir

Me he referido varias veces ya, en este blog y en otros lugares, a la contraposición entre diccionarios de uso y diccionarios de autoridad. Ninguno de los dos es necesariamente perverso. Lo que sucede es que ninguno de los dos aborda el lenguaje como debería: sistemáticamente.

Los diccionarios de uso son razonablemente satisfactorios en la medida en que los hablantes saben expresarse. Me estoy refiriendo a hablantes que saben afinar conceptos tan sutilmente como sea necesario e identificar conceptos nuevos, derivados de la evolución de la sociedad o de la tecnología. El diccionario de uso perfecto presupone que los usuarios dominan perfectamente esa herramienta que es el lenguaje.

El diccionario de autoridad, en cambio, presupone que sus autores (los autores del diccionario) dominan perfectamente el lenguaje sobre el que dictaminan. Transfiere, pues, la responsabilidad de los hablantes a las 'autoridades'. Curiosamente, estos dos planteamientos contrapuestos de la responsabilidad social reflejan, al menos demográficamente, las diferencias entre el catolicismo y el protestantismo, pero no es eso de lo que yo quiero hablar aquí ahora. A efectos prácticos, está bien que la finalidad de un diccionario sea la eficiencia del hablante pero, para un científico, lo importante no es que los aviones vuelen, sino averiguar por qué vuelan.

En otras palabras: conocer las leyes físicas lo suficientemente a fondo para saber de antemano cuándo un avión volará y cuándo no. Pese a los intentos que ya se han hecho por sistematizar el lenguaje (por ejemplo, el Collins Cobuild en la vertiente léxica, o WordNet en la vertiente semática), los diccionarios siguen adoleciendo de un problema hasta ahora insalvable: son circulares. Dicho de otro modo: no han resuelto todavía el problema de las primitivas.

En lingüística, la palabra 'primitiva' designa los 'átomos' del lenguaje, es decir, los conceptos más elementales, que ya no es posible descomponer en otros. Por definición, si no es posible descomponerlos tampoco es posible expresarlos, al menos mediante palabras del mismo diccionario. Llegamos, pues, a la primera premisa: un análisis científico del lenguaje tiene que estar basado en un sistema de descripción distinto del léxico. En ese hipotético sistema, las primitivas estarían expresadas mediante símbolos o combinaciones de símbolos, con arreglo a unas leyes todavía por determinar (y por verificar experimentalmente).

Algunos de los casos que seguramente están en la mente de todos son los verbos más elementales. Por ejemplo, 'ser', 'haber' o 'existir'. Quien acuda a un diccionario para averiguar el significado de (o las diferencias entre) estos tres verbos sólo cosechará confusión. Naturalmente, si el hablante es eficiente en el uso de su lenguaje, no tendrá necesidad de consultar el diccionario, y el problema no trascenderá del ámbito científico. Sin embargo, cuando no es ése el caso y el hablante se expresa confusamente, deberá ser la 'autoridad' la que delimite los conceptos y establezca las reglas apropiadas.

Ése es quizá el punto más débil de los diccionarios de autoridad: en caso necesario, están obligados a aclarar las cosas, y no disponen de las herramientas para ello. Un lenguaje particularmente difícil de sistematizar es el español, cuyas primitivas son demasiado a menudo situaciones contextuales o tipologías sociales ajenas a la semántica intrínseca de los conceptos. Siendo esto así, no es de extrañar que el DRAE se aturulle estrepitosamente a la hora de afrontar las primitivas, hasta el punto de caer a veces en la misma confusión que los hablantes.

En los últimos tiempos, tengo la impresión de que empieza a desdibujarse en español la diferencia entre dos conceptos tan básicos como 'haber' y 'existir'. Puede que no sea un fenómeno tan reciente. Hasta hace poco, yo creía que el uso de 'escuchar' en lugar de 'oír' también lo era, y un día descubrí que ya en el siglo XIX Pérez Galdós se resistía a oír tanto como los hispanohablantes de ahora. Sea como sea, entre los hablantes contemporáneos de español son habituales expresiones del tipo: "existe mucho talento en esa empresa", "existe margen para la hipocresía", "existe retardo en las transmisiones", "no existe otra salida", o "existe otra versión en la editorial X", en las que el verbo 'existir' parece haber sido confundido con la forma verbal 'hay'.

Pero, ¿qué es existir y qué es haber? ¿En qué se diferencian? Un ejemplo simple podría ayudarnos a averiguarlo. Cuando decimos que "no existen unicornios" estamos afirmando una idea con independiencia del aquí o del allá. No tiene sentido preguntarse dónde, sino sólo si existe o no existe tal cosa como un unicornio. Nos interesa la categoría abstracta 'unicornio', no sus ejemplares. Por eso, cuando queremos referirnos a ejemplares concretos decimos -o diríamos, si tales seres existieran- que "en este zoológico no hay unicornios". Al confundir los dos conceptos, algunos hablantes se sienten autorizados a añadir una localización espacial al verbo existir, como hace el DRAE en su desafortunado ejemplo de la acepción 3 de la voz 'existir': "En la Academia existe un autógrafo de Cervantes". Incorrecto. Lo correcto sería decir:

"En la Academia hay un autógrafo de Cervantes"

O bien, si se quiere precisar:

"Existen autógrafos de Cervantes. En la Academia hay uno"

La confusión se debe, posiblemente, a la incompletitud morfológica del verbo 'haber'. Decimos, por ejemplo, "la relación entre ellos es inexistente" porque no tenemos un adjetivo que exprese que "entre ellos no hay ninguna relación". O, a falta de un sustantivo, hablamos de "la existencia de comida en la despensa" para indicar que en la despensa hay comida. Incluso se ha consagrado el sustantivo 'existencias' para hablar no de la mercancía que existe, sino de la que hay.

La diferencia semántica entre haber y existir es crucial, porque explica también el significado dual de construcciones tales como "estoy buscando una salida" y, en inglés, las (raras) construcciones en que el sustantivo se antepone al adjetivo: "Russians like things Western" (tipo de cosas), pero "Russians buy Western things" (cosas específicas). Este ejemplo del sustantivo antepuesto es muy importante a efectos experimentales, ya que los propios hablantes (aquellos a los que yo he preguntado, al menos) son incapaces de verbalizar el criterio que aplicarían si tuvieran que optar conscientemente por una u otra variante sintáctica.

¿Qué pintan las primitivas semánticas en todo esto? En términos de categorías y ejemplares, el concepto de tal cosa como un unicornio sería la categoría unicornio, expresada no como categoría, sino como ejemplar de alguna otra categoría más abstracta (la mejor candidata sería probablemente animal), mientras que el concepto de un unicornio [que hay en algún sitio] sería también un ejemplar, pero simplemente de la categoría unicornio. La diferencia entre ambos conceptos conlleva la presencia o ausencia de localización espacial, que sería, pues, una candidata ideal a primitiva semántica.

De cómo formalizar todo esto escribiré en otro lugar.

Sunday, October 31, 2010

¿Aprender inglés? Sí, un día de estos

La relación de los españoles con la lengua inglesa (y, en general, con el aprendizaje de lenguas extranjeras) es proverbialmente frustrante. Vivimos en un mundo más abierto que nunca. Tenemos acceso a libros, emisoras de radio o televisión o sitios de Internet de cualquier lugar del planeta. Viajar está al alcance de casi cualquier bolsillo. ¿Por qué no consiguen aprender inglés los españoles? ¿Indolencia, pereza? No hay que descartarlo, pero tal vez el problema principal sea más profundo: la dificultad de adaptarse a una estructura mental radicalmente diferente. El inglés es un lenguaje pragmático, lógico y estructurado. El español, en cambio, tiende irresistiblemente al localismo, a la anécdota, a la metáfora: es una lengua fuertemente contextual, en la que el guiño y el significado 'para entendernos' termina siempre predominando sobre el semántico o el morfológico. Cada nueva palabra o acepción que aparece se consolida al instante con un significado contextual, y se pierde irremisiblemente para la morfología o la semántica. Veamos algunos ejemplos.

‘Quite’, el sustantivo más natural de quitar, se ha quedado atrapado en la jerga taurina. Lo mismo cabe decir de ‘cogida’. Pero hay muchos más casos. No podemos usar ‘enredar’ como ‘organizar en red’. Una ‘ocurrencia’ es una ‘gracia’, y no algo que ocurre. ‘Operar’ está casi únicamente reservado a los médicos, y ‘reclutar’, a los militares. Los directivos de una empresa celebran una reunión pero ¿es eso acaso una celebración? Es posible contraer compromisos o matrimonio, pero ¿podemos hablar también de ‘contracción’ de compromisos, o de matrimonio? Conviene estar a salvo de los peligros, pero ¿es eso una salvedad?

A falta de otra palabra, se dice que un periodista o un juez ‘filtra’ una información, cuando lo que hace es exactamente lo contrario: no la restringe, sino que la divulga. Se usa sistemáticamente ‘motivo’ por ‘razón’, ‘escuchar’ por ‘oír’, ‘mentira’ por ‘falsedad’, ‘culpa’ por ‘causa’, ‘pelo’ por ‘cabello’, ‘medida’ por ‘medición’, ‘provocar’ por ‘ocasionar’, ‘cristal’ por ‘vidrio’, ‘amenazar con’ por ‘amenazar’, ‘cumplir con’ por ‘cumplir’, ‘solvente’ por ‘fiable’, ‘avalar’ por ‘respaldar, ‘competencia’ por ‘compitencia’, ‘enseñar’ por ‘mostrar’, saldo por 'crédito', 'cobertura' por 'señal', 'salario' por 'sueldo', 'brindar' por 'ofrecer', 'cigarro' por 'cigarrillo', ‘elegir’ por ‘escoger’, ‘garantizar’ por ‘asegurar’, ‘suculento’ por ‘sabroso’. ¿Quién da más?

En otros casos, la estructura conceptual se queda tullida: no es posible articular la morfología de manera coherente, porque una o varias formas se han quedado ancladas en un significado local: usamos ‘reportero’ y ‘reportaje’, pero no ‘reportar’ ni ‘reporte’ (en España). Decimos ‘indeleble’, pero no ‘deleble’ o ‘deleer’. Escribimos ‘remanente’, pero no ‘remanir’. Pueden ‘correr’ el tiempo o el contador de la luz, pero no un programa informático.

Hablamos de ‘ocupación’ cuando queremos decir ‘ocupancia’. Usamos ‘conformidad’ por ‘conformancia’, y ‘aceptación’ por ‘aceptancia’. Los jueces hablan de ‘archivo’, y no de ‘archivamiento’. Se tiende a decir ‘lactancia’ antes que ‘lactación’, ‘incertidumbre’ en lugar de ‘incerteza’, ‘petrolífero’ por ‘petrolero’, ‘significativo’ por ‘significante’, y ‘operativo’ por ‘operacional’.

Una carencia hoy en día imperdonable es la de una palabra específica para el tiempo (atmosférico). Cuando nos referimos a la sociedad decimos ‘social’, y no ‘sociológico’. ¿Por qué cuando nos referimos al tiempo (atmosférico) tenemos que decir ‘meteorológico’ (o, peor aún, ‘climatológico’)? Curiosamente, la solución la tenemos en el DRAE, que recoge la palabra ‘temperie’ con el significado de "estado de la atmósfera, según los diversos grados de calor o frío, sequedad o humedad". Pero que nadie cante victoria: ‘intemperie’ no es la negación de ‘temperie’, sino la "desigualdad del tiempo".

El español (y sus hablantes) gravitan empecinadamente hacia el contexto. En los últimos años hemos podido asistir a algunos procesos de ese tipo. Hace algunos años, para referirse a las distintas capitales de España, los meteorólogos de la televisión empezaron a hablar de ‘las temperaturas’. En pocos años, el plural ha sustituido al singular en todos los casos, y yo ya he oído decir que ‘esta mañana [en Madrid] han subido mucho las temperaturas’. El ‘listado’, que es el resultado de imprimir una lista, se ha generalizado tanto que es ya sinónimo de ‘lista’. Y sobreviven palabras o significados fosilizados, inseparablemente unidos a otros: gaje (del oficio), compás (de espera), carta (de naturaleza).

Infinidad de palabras en español carecen de verbo (remanente) o de sustantivo (acaecer, fumar, certero). Hay a este respecto un caso particularmente interesante: dado que ‘sueño’ es sustantivo tanto de ‘soñar’ como de ‘dormir’, el traductor de Freud al español tuvo que traducir ‘Schlaf’ por ‘reposo’. En meteorología se usa, por ejemplo, actividad ciclónica, nubosa, tormentosa o eólica, pero nunca maréica, ólica, auroral, tiémpica, medianocturna, ráyica o truenosa. Y ‘rociero’ es el único adjetivo conocido de ‘rocío’.

Para que nadie me acuse de ver la viga en el ojo propio, me he molestado en hacer algunas comparaciones. En cierta ocasión, necesitaba encontar un equivalente del inglés 'tagline’. Al no encontrar una equivalencia exacta, acudí a un tesauro de español y busqué sinónimos de 'estribillo'. Encontré dos tipos de sinónimos.

No contextuales:

repetición, sucesión, monotonía, redundancia, reiteración, insistencia

Contextuales:

muletilla, monserga, retahíla, pertinacia, tabarra, lata, cantilena, letanía, salmodia, copla, sarta, disco, tanquillo, pesadez, terquedad, porfía, obstinación, matraca

En inglés, en cambio, el Roget’s Thesaurus contenía los siguientes términos.

No contextuales:

encore, playback, replay, chorus, refrain, tedium, motto, watchword, slogan, catchword, catch phrase, formula, mantra, formulary, jingle, plug, trailer, gnome, saw, byword, dictum, tag, saying, pithy saying, stock saying, common saying, received saying, true saying, mot, witticism, truism, platitude, hackneyed saying, trite remark, bromide, canon, sutra, gloss, narrative, phylactery, formulary, folklore, banner headline, streamer, screamer, spread, psychological warfare, propaganda, battle cry, run, buildup, hype

Contextuales:

puff, blurb, ballyhoo, teaser, hardy annual, chestnut, parrot-cry, busman's holiday

Obsérvese, de paso, que en inglés la proporción de términos tomados de otras lenguas es enorme. Es una lengua pragmática, sin prejuicios xenófobos. En el español del siglo XXI faltan palabras y variantes morfológicas para infinidad de conceptos, pero los hablantes se empeñan tenazmente en sustituirlas por otras localizadas, contextuales y, en no pocos casos, folklóricas. En cualquier caso, inexportables. Probablemente, la oposición a los neologismos no es tanto una manifestación de purismo sino, simplemente, un pretexto para seguir hablando el lenguaje de la tribu. ¿Es de extrañar ahora que a los españoles les cueste tanto aprender idiomas?

Si no se permite articular la morfología y no se respeta la regla de oro de la semántica (“un concepto, una palabra”) será imposible construir una lengua coherente y eficaz. Y, por consiguiente, será muy difícil adquirir una estructura mental que, por encima de guiños, localismos y familiaridades, nos permita ejercer nuestro raciocinio con la potencia necesaria para afrontar este nuevo siglo XXI. Que ha comenzado siendo –nada menos- el siglo de la tecnología de la información.

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